|
Nota Histórica: La Torre del Reloj
Corría el año 1,872. La pequeña ciudad de Cobán
mostraba su incipiente desarrollo. Angostas calles
empedradas, casas entejadas que hacían a un lado los
ranchos pajizos. Ya sobresalía su hermosa iglesia y
el solitario convento. También el cabildo de
calicanto y causaba expectación la construcción,
bastante avanzada, de lo que sería el palacio de
gobierno, que tenía al frente una amplia zona que se
utilizaba para mercado.

En
medio de este crecimiento se movían hombres
visionarios, sobresaliendo don Rafael Villacorta,
fino ebanista que soñaba con el embellecimiento de
la ciudad y especialmente con una torre que tuviera
un reloj que anunciara el transcurrir de las horas
con sonoras campanadas, y a la vez para que debajo
de ella pasaran los habitantes.
Sometió su idea al Consejo Municipal, que de
inmediato aprobó con entusiasmo dicho proyecto. Don
Rafael se encontró de pronto con el difícil reto de
la realidad: la obtención de fondos y el diseño de
algo especial.

Gracias a su personalidad y tenacidad consiguió
suficiente material para la construcción, de
finqueros, muchos de ellos alemanes, un gran apoyo
económico. Luego, como un consumado ebanista,
trabajó en fina madera la maqueta de una torre que
gustó y mereció la aprobación edilicia.
Aquel sueño empezó, paso a paso, a concretizarse,
siendo motivo de admiración de los vecinos al ver
como piedra sobre piedra, iba tomando forma la
torre, la que sería única en toda Guatemala.
Pasaron los días y los años. Al fin llegó el año
1875, cuando erguida y majestuosa, la torre
debidamente encalada fue inaugurada con toda
solemnidad por las autoridades locales ante la
concurrencia, que atónita y festiva no daba crédito
a lo que veía. De pronto el gran reloj (uno de los
primeros llegados a Guatemala) lanzó a los vientos
doce sonoras campanadas que fueron escuchadas en
“Chivencorral y Petet”, en la “La Libertad”, “San
Marcos”, “San Juan Acalá”, “Yalbuó”, “Chichún” y
“San Vicente”.
Cobán siguió creciendo.

Los
vecinos caminaban debajo de la torre y muchas veces
se guarnecían del pertinaz chipi-chipi. El gran
reloj siguió marcando las horas, año tras año, hasta
que llegó la fecha de su absurda y arbitraria
demolición decidida por las autoridades edilicias
que gobernaron entre 1955-1956.
Aquella reliquia del pasado, que primero fue un
sueño y luego una realidad que llenó de orgullo a su
constructor, don Rafael Villacorta, piedra a piedra
fue cayendo destrozada ante el silencio doloroso de
todos los que, en cada golpe que le daban a ese
símbolo y orgullo de los cobaneros, lo sentían muy
dentro, como si fueran campanadas de dolor y muerte
...
Rolando Morales Zetina - Cobán, Noviembre de
2005
|